Cuando era
un joven estudiante de electrónica, caminaba cada día 5 Km. hasta mi
centro de estudios, La Universidad Laboral. Al vivir en las afueras de Sevilla,
atravesaba campos cultivados y otros abandonados. A veces era oscuro,
llovía o hacia frío y otros el aire era primaveral y cálido. No era
una cuestión de dinero o falta de transporte sino una afición a la aventura a
las sensaciones del aire libre y la naturaleza.
El 24 de
Enero de 1978, tenía en ese entonces 17 años, salí a las 7:00 de la mañana para
las clases.
Me adelanté a mi horario habitual y no deseando estar solo en clase
antes de tiempo, me senté al bajar una pequeña ladera donde había una
planicie cubierta de hierbas y flores silvestres. Haciendo tiempo, observé los
alrededores y el cielo limpio de la mañana.
De pronto
empecé a notar una sensación extraña y nueva que iba aumentando por momentos.
Parecía que todo a mi alrededor estaba vivo y tenia su ser. Y ahora me arriesgo
a parecer de ánimo exaltado, pero recuerdo perfectamente que las plantas, las
flores, el cielo eran felices y lo comunicaban espontáneamente. Hubo una
comunión con mi entorno que no puedo describir. No fue una
experiencia de sentimientos desordenados, fue una percepción nueva, muy
nítida y contrastada con lo que es normal.
En mi diario
registré lo siguiente " Me sentía en armonía con el campo.
Sentía amor por las flores, la hierba, el cielo... tengo el deseo de sentir
mañana por la mañana la misma bonita experiencia de esta mañana"
A los pocos
minutos me levanté asombrado y deseando volver al día siguiente. Así lo
hice y volví a sentarme. Pero nunca experimenté lo mismo.
Sé que este
tipo de experiencia es difícil de compartir con alguien que no la haya
vivido. Pero después de ese día empecé a sospechar que las cosas no son
simplemente lo que parecen.

Alejado de aquel día, muchas veces vuelvo a un modo de sentir occidental no agrícola, sí, esa sensación de superioridad típica de esta generación digital, alejada de los campos que mira al pasado con autosuficiencia, participando así en la extorsión de la Tierra "...porque para este fin fueron creadas, para usarse con juicio, no en exceso, ni por extorsión." (DyC 59:20) sí, la verdad, a veces me descuido y vuelvo a subestimar "todo cuanto al hombre le [es] propio recibir" (1 Nefi 17:30) y empiezo considerarlo rutinario; entonces dejan de agradarme las cosas sencillas "sí, la hierba y las cosas buenas que produce la tierra, ya sea para alimento, o vestidura, o casas, alfolíes, huertos, jardines o viñas;" (DyC 59:20) y empiezo a pensar con descuido e irreverencia, que esas cosas tan básicas, las que produce la tierra, no me son propias de recibir, sino que al poder comprarlas, me son debidas. De esa forma, sin darme cuenta, convierto una relación filial con una madre en una mercantil al considerarla mera proveedora. No es del todo extraño que se quejara ante Dios “¡Ay de mí la madre de los hombres! ¡Estoy afligida, estoy fatigada por causa de la iniquidad de mis hijos!” (Moisés 7:48)
El Dios de los pajarillos
Ese día de Enero del 78, me hizo pensar mucho. A veces cuando amenazaba lluvia, me vestía con mi ropa de deporte e iba a mi recorrido de costumbre, unos 15 km. Esos días de cielos oscuros relámpagos y lluvia, disfrutaba especialmente. Podrán tacharme de espíritu romántico, y en verdad lo era en el sentido paisajista de la palabra. Yo observaba el cielo y me preguntaba qué valor tenia si nadie lo miraba. Cuando caía la lluvia en lugares estériles y sin beneficio, me preguntaba en cuantos lugares ocurría sin observadores. Por lo tanto ¿sería real si no era visto?
Esas
preguntas con el tiempo, me hicieron ver que consideraba a la creación una obra
representada solo para nuestra visión y disfrute ya que la escritura dice de
nosotros "Tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves
del cielo..." (Moisés 2:26) y sin embargo al moderar dominio con otras
palabras como juicio, no en exceso, ni por extorsión el resultado
es una oportunidad, no tanto de dirigir, sino de participar con nuestra voz en
el coro magnífico de sus criaturas.
En el libro
de Job encuentro esta misma idea cuando dice "¿Quién abrió cauce
al turbión y camino a los relámpagos y a los truenos, haciendo llover
sobre la tierra deshabitada, sobre el desierto, donde no hay hombre, para
saciar la tierra desierta y desolada, y para hacer brotar la tierna
hierba?" (Job 38:26-27)
Tal como
presentía él es también Dios de los parajes desolados y de la hierba solitaria,
de las nubes nunca vista por nadie, de la lluvia que cae en la soledad y
también de los pajarillos en los que nadie repara cuando caen a tierra. Aquel
que los cuenta y alimenta, ese "glorifica al Padre y salva todas
las obras de sus manos" (DyC 76:43)
Está en el Sol y es la luz del Sol
Cuando leemos que la luz
que brilla es Cristo “también él está en
el sol, y es la luz del sol” podemos pensar que se refiere a la luz del sol
que vemos entrar por nuestra ventana. Y es cierto, pero no es solo eso, es algo
más.
En los años 50 se desconocía cómo
se producía el carbono en las estrellas. En este
paso entra en juego el Berilio (Be).
La reacción para formar carbono se produce cuando dos núcleos de un isotopo de Helio se unen y se forma uno de Berilio, y a este hay que añadirle otro núcleo de Helio para formar al fin uno de carbono. Para ver esto más gráficamente, lo represento a continuación. Lo hago en un lenguaje parecido a las escrituras, porque también testifican del brillo.
4He + 4He ↔ 8Be
8Be + 4He ↔ 12C + γ + 7,367 MeV
La reacción para formar carbono se produce cuando dos núcleos de un isotopo de Helio se unen y se forma uno de Berilio, y a este hay que añadirle otro núcleo de Helio para formar al fin uno de carbono. Para ver esto más gráficamente, lo represento a continuación. Lo hago en un lenguaje parecido a las escrituras, porque también testifican del brillo.
4He + 4He ↔ 8Be
8Be + 4He ↔ 12C + γ + 7,367 MeV

El problema está en que el núcleo de Berilio (8Be) es muy inestable y tiene una vida muy corta (10e-17 segundos) lo que hace imposible explicar la abundancia de carbono en la naturaleza, esos ladrillos fundamentales para la vida.
La dificultad de que se produzca esta reacción es semejante a situar a tres personas en las esquinas de una habitación con los ojos vendados. Y que se les pida a éstas, lanzar pelotas de tenis al centro de la habitación. La probabilidad que choquen las tres pelotas al mismo tiempo es muy baja.
En 1953 el astrónomo Fred Hoyle, predijo que el carbono debería tener un nivel de energía de 7.65 megaelectrón-voltios. La predicción se basaba en la necesidad de que esto fuese así. Dicho de otro modo, el hecho de que existamos requiere que las leyes deben ser las que son, de lo contrario no estaríamos aquí.
Fred Hoyle predijo que el Carbono debería tener una “preferencia” o una resonancia con la energía que tenían 8Be+4He. Más tarde William Fowler demostró en el laboratorio que coinciden exactamente en esos valores, lo que permite la creación de carbono a gran escala.
Las montañas de carbón que mi abuelo imaginaba en el Sol eran ciertas pero su objetivo no era calentarnos, sino crearnos. El carbono es el barro de la tierra que usaron los Dioses para crearnos.
"Esta es la luz de Cristo. Como también él está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho." (DyC 88:7)
Cuando Alma nos dice “sí, y todas las cosas indican que hay un Dios” (Alma 30:44) deberíamos mirar de esa forma, porque las hay, y cuando termina diciendo “testifican que hay un Creador Supremo” deberíamos entender que las creaciones no demuestran, sino que testifican. Que la realidad no demuestra nada acerca de la luz que brilla, pero si testifica de ella. ¿Acaso no es una forma de testificar desde el centro de una estrella, la “complicidad” necesaria entre tres átomos para crear el carbono?
La luz que brilla nos habla a través del testimonio de las cosas. El Señor quiere que seamos alumbrados por su luz. No hallamos su luz por métodos científicos, sino más bien jurídicos. Siendo las evidencias y los testimonios, los elementos que usualmente participan en nuestra sentencia sobre los hechos.
"Esta es la luz de Cristo. Como también él está en el sol, y es la luz del sol, y el poder por el cual fue hecho." (DyC 88:7)
Cuando Alma nos dice “sí, y todas las cosas indican que hay un Dios” (Alma 30:44) deberíamos mirar de esa forma, porque las hay, y cuando termina diciendo “testifican que hay un Creador Supremo” deberíamos entender que las creaciones no demuestran, sino que testifican. Que la realidad no demuestra nada acerca de la luz que brilla, pero si testifica de ella. ¿Acaso no es una forma de testificar desde el centro de una estrella, la “complicidad” necesaria entre tres átomos para crear el carbono?
La luz que brilla nos habla a través del testimonio de las cosas. El Señor quiere que seamos alumbrados por su luz. No hallamos su luz por métodos científicos, sino más bien jurídicos. Siendo las evidencias y los testimonios, los elementos que usualmente participan en nuestra sentencia sobre los hechos.
El poder suave
Considero
que estas impresiones del alma son producidas por el brillo de la Tierra,
porque ella no esconde su luz debajo de un almud, sino que "alumbra
a todos los que están en casa" (Mateo 5:15)
La luz que
brilla es la luz de Cristo. "Y la luz que brilla, que os alumbra,
viene por medio de aquel que ilumina vuestros ojos, y es la misma luz que
vivifica vuestro entendimiento" (DyC 88:11) Alumbrar es brindar una luz que se enfoca en lo útil, que
sirve para comprender los asuntos que le son propios a nuestros intereses.
La anterior,
esa misteriosa luz primigenia de la que
hablan las escrituras, está amplificada y modulada por Cristo. Sin él no
comprenderíamos el mundo, éste sería caótico y confuso.
Entre nosotros y la luz y la verdad hay una distancia, una desigualdad una
incompatibilidad para relacionarnos. La luz y la verdad es una materia prima
extraña a nuestra constitución y habilidades, no podemos extraerla con nuestras
manos, no podemos percibirla, asimilarla
ni elaborar nada con ella. Partimos de constituciones distintas, somos extraños a sus ojos, no hay
un amarre en su puerto para nave alguna que tripulemos. Ella es una entidad
pero no es personal tal como lo entendemos en nuestra forma de pensar, no
admite errores, ni excepciones, inmisericorde, impersonal pero consciente.
Nadie puede manipularla “pues desecha a
aquel inicuo” sin embargo “parte de la presencia de Dios para llenar
la inmensidad del espacio” Ella ya existía antes que las familias
celestiales y es una aliada en la casa de Elohim.
Y sin embargo, a pesar de nuestra divergencia con ella, salimos de sus
aguas. Cuando leemos en las escrituras,
“Y dijo Dios: Produzcan las aguas seres
vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra en la abierta expansión de los
cielos.”( Génesis
1:20) estamos viendo el modelo de creación, porque esas aguas, también son las aguas
o el océano de la inteligencia o luz y verdad que no fue creado ni hecho, la
materia prima de nuestro espíritu. Salimos de su interior huérfanos y sin
nombre y fuimos llamados por los poderosos convenios y ordenanzas de nuestra
casa, “Así que, en
sus ordenanzas se manifiesta el poder de la divinidad.” (DyC
84:20) Esas ordenanzas expuestas ante la luz y la verdad
no suponen para ella grilletes ni son un bastón de mando. Ante ella no cabe
poder alguno, pues nadie tiene imperio sobre ella, el Padre sabe que “Ningún poder o influencia se puede ni se debe mantener en virtud del
sacerdocio, sino por persuasión, por longanimidad, benignidad,
mansedumbre y por amor sincero;” (DyC 121:41)
Ante esa imponente,
inteligente y luminosa oscuridad de las “aguas” de la luz y la verdad,
se enfrentaron un día nuestros padres. Era el mismo océano oscuro de otros
linajes, el mismo desafío de llevar la inmortalidad y la vida eterna a todo
rincón. Ellos eran también pescadores de hombres, pero de hombres sin nombre, disueltos
en aguas oscuras. Los imagino jóvenes, impresionados al ver por primera vez ese
océano inteligente, esperanzados, acompañados de sus convenios con sus
credenciales, su genealogía, su sacerdocio. Todo lo necesario para persuadir, conmover, e invitar a esa luz a
partir de su casa para llenar la inmensidad del espacio.Y la gran expansión se produjo en su exaltación, su sacerdocio y ordenanzas se hicieron poder al convertirse en “un cetro inmutable de justicia y de verdad; y [su] dominio [llego a ser] un dominio eterno, y sin ser compelido [fluye] hacia [ellos] para siempre jamás” (DyC 121:46)
Espíritu, a saber, el Espíritu de Jesucristo…” al decir la palabra del Señor es verdad, quiere decir que él es obediente a la verdad, su palabra es su integridad, al ser obediente a la verdad. Lo leemos en 3 Nefi 11:11 “…con lo cual me he sometido a la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio…” y mediante esta obediencia, nos dice en la actualidad, cómo fue ese proceso de acumulación “[el recibió] verdad y luz hasta [ser] glorificado en la verdad”( DyC 93:28)
Por eso el testimonio de Juan dice que”…no recibió de la plenitud al principio, sino que continuó de gracia en gracia hasta que recibió la plenitud;” (DyC 93:13)
En estos dos versículos hay una preposición muy importante, hasta. La función de esta preposición es indicar el destino de las palabras anteriores, estas son la verdad y luz que el recibió. Y ese destino son dos cosas distintas. Por un lado un nivel (plenitud) y por otro un estado (glorificado) O lo que es lo mismo, para nosotros marineros en la tempestad, el faro, a todos los efectos, es la luz.
La luz que existe en todas las cosas
Mi abuela María siempre estaba junto a los frutos de la tierra. Legumbres, verduras, tomates con sus rojos y pimientos con sus verdes. Naranjas que mojaban mis ojos al pelarlas. Cuando venia a casa yo me alegraba, ella sabia lo que me gustaba, las espinacas esparragadas. Lavadas y hervidas las escurría y cortaba con sus manos temblorosas, mientras en el fuego se freían ajos en laminas y pan. Las vertía cuando estaban dorados y añadía el pimiento molido y un poco de vinagre. Esa era una de sus creaciones, con su luz brillaba. Yo mientras callaba y miraba, mientras ella se reía.
Sin saberlo ella cumplía el mandamiento "sí, todas las cosas que de la tierra salen, en su sazón, son hechas para el beneficio y el uso del hombre, tanto para agradar la vista como para alegrar el corazón;" (DyC 59:18)
Como decía Santa Teresa "entre los fogones también anda el Señor".







